jueves, 30 de junio de 2011

Adaptarse o morir

Es increíble qué distinta es la vida de un país asiático a otro.

Recuerdo el año aquel que vivía en Vietnam y me vanagloriaba de ir en moto a cualquier parte en Saigón y dejarla aparcada en cualquier sitio y de cualquier manera. Qué tiempos.



Nada más poner un pie en aquella ciudad vi que allí sin moto no había nada que hacer. Por absurdo que os pueda parecer esto en realidad no queda otra, y al extranjero que llegue y no esté dispuesto a hacerse con una moto la vida le resultará muy complicada, imposible diría yo. La opción del coche queda descartada desde el principio, con el impuesto de importación de vehículos por las nubes y la obligación de llevar varios años de residente en Vietnam antes de poder conducir, tener coche propio supone un sueño inalcanzable. Los taxis son baratos, cierto, pero los atascos que se montan en hora punta son monumentales y la forma lenta de conducir de los taxistas vietnamitas termina con la paciencia de uno rápidamente. El transporte público también es barato pero deja un poco que desear, sólo hay líneas de autobuses que van siempre petados y la red de metro todavía está en fase de planificación. En definitiva, o tienes moto en Vietnam o simplemente no puedes vivir en Vietnam, así de simple.





Al llegar, por supuesto que intenté adaptarme lo más rápidamente y me tocó aprender a conducir una motocicleta en una ciudad tan caótica que las normas de tráfico parecían simples recomendaciones.



Acostumbrado a moverme en coche por Madrid, al principio me parecía un engorro tener que coger la moto para ir a cualquier lado (más aún cuando todavía era temporada de lluvias y caían aguaceros al salir del trabajo) pero al tiempo empecé a verle las ventajas y me aficioné a ir en moto. Lo mejor era sin duda poder aparcar en cualquier sitio. Andar se consideraba de pobres y las aceras de Saigón no estaban hechas para los transeúntes, esa gentuza no tiene derechos, sino para aparcar las motos delante de cada establecimiento.



Cierto que en algunos centros comerciales existían aparcamientos subterráneos pero lo habitual era aparcar en la calle. Llegabas hasta el señor que controlaba el aparcamiento, le entregabas tu moto y este escribía un número con tiza y te entregaba un papel que luego debías proteger con tu vida si querías volver a recuperarla. El precio por el servicio era irrisorio, 2000đ (6 céntimos de €).





Vietnam, qué gran país. El regreso a España fue muy duro, volver a coger el coche y sufrir los atascos de la M30, tener que buscar plazas libres en la zona verde o la zona azul, aparcar con límite de tiempo, ufff... un completo atraso. Venir a Japón tampoco me hizo cambiar de idea de que Vietnam era LO MÁS en transporte por ciudad... sino que encima parecía peor que España, ya que tener coche implicaba un cúmulo de gastos y problemas: no existen plazas de aparcamiento públicas en la calle, los precios de los aparcamientos privados son prohibitivos y cualquier intento de dejar el coche aparcado fuera del lugar establecido es sancionado duramente. Con la moto pasa casi tres cuartos de lo mismo, no se pueden dejar aparcadas por ahí en cualquier lado.


Multita al canto, por dejar el coche mal aparcado 10 minutos. 135€ de nada.

La cuestión era de nuevo saber adaptarse, y descubrir que aquí en Japón el rey del transporte es el tren. Todo el mundo en Japón usa la red de metro y de cercanías para moverse en el día a día, ir al trabajo, salir de compras, quedar con los amigos, etc.



Al principio me costó adaptarme y cada vez que iba a Tokio me tocaba las narices pasar tanto tiempo encerrado en un vagón y hacer mil transbordos hasta llegar al destino, pero lo que peor llevaba sin duda era orientarme en medio de esa maraña imposible de líneas de tren, me parecía más complicado incluso que aprender a montar en moto en Saigón, lo juro. A veces los transbordos entre dos líneas de tren de compañías distintas quedaban lejos y me tocaba salir a la calle y encontrar la entrada a la otra estación, continuamente metía la pata.



Un día di con el problema: lo estás haciendo mal.

¿Qué necesidad hay de orientarse cuando puedes tener a mano internet en el teléfono móvil? Hasta hace poco debía ser uno de los pocos extranjeros residentes en Japón que antes de ir a Tokio se pasaba media hora estudiando el mapa de metro y líneas JR pensando la mejor combinación para llegar desde casa hasta Shibuya, o Yoyogi, o Shinagawa, ... ¿Has dicho pensar? Esa actitud es del s. XX, en el s. XXI tenemos máquinas que piensan por nosotros. Y además estás en el país más moderno del mundo. Definitivamente lo estás haciendo mal, Alberto. La gente normal usa internet en el móvil y se quita de chorradas. Pero claro, yo no tenía internet en el móvil hasta hace bien poco. Creía que no era necesario, que lo único para lo que serviría sería para arrastrarme a esa espiral de adicción que tienen todos los japoneses que les impide separar la vista de la pantalla del teléfono móvil un segundo... qué gran error, resulta que además de entretenido es útil.



Y es que si por algo impera esa rigurosa puntualidad en los trenes japoneses no es para chulear frente al resto de países del mundo, sino porque de verdad resulta beneficioso para los ciudadanos si estos saben tomar ventaja del sistema y controlar el horario de trenes a la hora de desplazarse de un lugar a otro de la ciudad. Esto no se hace mirando horarios ni historias, hemos dicho que nada de pensar, se consigue por medio de servicios de información online como Hyperdia, que tienen acceso a todos los horarios de trenes de Japón y son capaces de calcular la mejor ruta entre dos puntos.


Ayer por la noche, por ejemplo, fui a Tokio Shibuya para cenar con unos amigos. Se trata de viaje de una hora y media desde Tsukuba cogiendo 2 o 3 líneas de tren y haciendo los correspondientes transbordos, habré ido ya con 10 combinaciones distintas lo menos. Para planificar la vuelta a casa, en lugar de ponerme a pensar como hacía otras veces y calcular a qué hora debía estar saliendo como muy tarde del bar para ir con margen de tiempo suficiente, utilicé el servicio online en el teléfono móvil (ahora con conexión a internet, antes andaba con pre-pago). La herramienta me mostró la mejor combinación de horarios de tren calculado al minuto, de esta forma pude llevar al límite el tiempo de estancia con mis amigos en Shibuya sin arriesgarme a perder el último tren a Tsukuba. Decidí seguir la planificación y llegué a Tsukuba exactamente a la hora prevista con el último tren, con apenas 3 y 7 minutos de transbordo entre líneas. Realmente impresionante.

Esto me lleva a la siguiente conclusión: en Vietnam sin moto no haces nada, en Japón sin internet en el móvil tampoco. Adaptarse o morir.

domingo, 12 de junio de 2011

Manifestación anti-nuclear en Japón

Durante el día de ayer, justamente 3 meses después del terremoto y tsunami del 11 de Marzo que provocaron el accidente en la central nuclear de Fukushima, se han celebrado manifestaciones anti-nucleares por todo Japón (NHK). Se han convocado más manifestaciones para este mes.



Que se produzca un hecho de estas características en Japón es algo que llama extraordinariamente la atención. Si algo caracteriza al pueblo japonés es su pacifismo, disciplina y obediencia al conjunto de reglas que determinan su sociedad. Un pueblo tranquilo, los japoneses comúnmente son reacios a opinar en contra de un pensamiento generalizado y mucho más a manifestar esa opinión en público. Una de las razones por las que todo funciona tan bien en Japón es porque siempre existe consenso entre las diferentes partes, evitar los conflictos personales es algo fundamental en su forma de ser.

Tras el desastre provocado por el terremoto de Tohoku los occidentales hemos aprendido que los japoneses son capaces de afrontar la adversidad con gran estoicismo, pero después de todo los japoneses son personas, y la paciencia de las personas tiene un límite.

El accidente en la central de Fukushima ha despertado algunas voces en contra del uso de la energía nuclear. Hasta ahora, el pensamiento generalizado en Japón era que la energía nuclear era limpia, segura y eficiente, la mejor solución para el suministro eléctrico que sostiene la tercera economía del mundo. Sin embargo, parece que con la crisis ha surgido un número suficiente de detractores como para intentar causar un impacto en la mentalidad de la sociedad japonesa. Las manifestaciones convocadas ayer por todo el país así lo demuestran.



El fatídico desarrollo de los acontecimientos en Fukushima, la pésima gestión por parte del gobierno y las consecuencias que la crisis nuclear está dejando en el norte del país, con una población evacuada que suma ya decenas de miles y con parte de su industria agroalimentaria gravemente perjudicada por culpa de la contaminación radiactiva, han provocado que un número de japoneses hayan tomado conciencia de la situación y hayan decidido saltarse las estrictas reglas sociales para salir a la calle a protestar.



Ayer la manifestación en Tsukuba me pilló mientras estaba de compras por el centro y pude tomar estas fotos con el teléfono y hacer un vídeo. En Tsukuba fueron "cuatro gatos" como quien dice, pero en Shinjuku-ku, Tokyo, el número de participantes ascendió a 20.000 personas según los organizadores (Asahi).





Los manifestantes -podríamos llamarlos también "indignados"- demandaban el abandono de las centrales nucleares para que un accidente como el de 11 de Marzo no vuelva a repetirse, y en un sentido menos extremista un cambio en la política de dependencia de Japón en la energía nuclear, un plan que el gobierno de Naoto Kan ya contempla (NHK). También reclamaban una aceleración en las labores de limpieza de la central nuclear de Fukushima para que los habitantes de la prefectura puedan regresar a sus casas y vivir con normalidad cuanto antes.



Parece que algo está cambiando en la mentalidad de los japoneses. Todo mi apoyo para ellos.



Aquí tenéis la reacción hoy en algunos medios españoles:

- Miles de japoneses protestan contra la energía nuclear en Tokio, La Vanguardia.

martes, 7 de junio de 2011

El sábado pasado fui de acampada con los amigos en bicicleta a un bosque cercano a Tsukuba. Por el camino pasamos junto a unos campos de arroz, en Japón se conocen como 田んぼ (tanbo).





Los campos de arroz son uno de los paisajes que más me fascinan de Asia, son tan distintos del tipo de cultivos que vemos en occidente. Desde la norteña Corea hasta la sureña Indonesia en todos mis viajes por el Lejano Oriente he visto siempre paisajes con campos de arroz, algunos de ellos de extraordinaria belleza, como las terrazas de arroz en Longsheng, en China o las montañas de Sapa, en Vietnam. En Japón, sin embargo, no había visto demasiados hasta la fecha, o más bien no los había visto tan espléndidos crecidos y encharcados de agua. Este fin de semana no obstante me moví por parajes más rurales y la época del año era la idónea para sacar algunas fotografías.




"¡No me metas piedras en lo plantao!"

Después de llegar al lugar del campamento hicimos una barbacoa para cenar y por la noche estuvimos bebiendo en torno a una gran hoguera, el tiempo pasó volando. Poco antes de las 4 de la mañana empezó a amanecer y nos pilló todavía de fiesta, para mí era ya demasiado tarde para echarme a dormir en el campamento, el sol había empezado a llenarlo todo de luz. Lo cierto es que desde que llegué a Japón estoy teniendo algunos problemas para conciliar el sueño cuando me despierto después de las 4 de la mañana y ya es de día, amanece demasiado temprano.



Como no podía dormir puse rumbo a casa y por el camino volví a cruzar los campos de arroz esta vez envueltos en una niebla matutina, me pareció un paisaje precioso. Viví entonces uno de esos momentos sobrecogedores en el que de repente eres consciente de que estás en un país extranjero a miles de kilómetros de casa.



De vuelta en Tsukuba pasé por un barrio de casas típicas japonesas y me acordé de la casa con jardín que tienen mis padres a las afueras de la ciudad. Me imaginé que si hubiéramos nacido en Japón, nuestra casa se hubiera parecido a algo como esto.



Tsukuba parecía una ciudad fantasma, no había nadie por las calles a esas horas y una misteriosa niebla lo envolvía todo, incluido el sol que tímidamente había asomado ya por el horizonte. Seguí pedaleando y no tardé en llegar a casa, unos 20 minutos desde el bosque a las afueras. Cuando llegué eché las cortinas y a dormir.

En días como este, pienso en lo mucho que me gusta vivir en Japón.