Mi amigo Chiqui, que no puede estarse quieto un rato y siempre está ahí liándola con las clases de cocina española para japoneses e invitando a manchegos a recorrer Japón, ha dado esta vez la campanada y anuncia que se trae de España algo mejor que el queso y el jamón. Nada menos que a los monstruos de la comedia Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla.
Será el 6 de Julio, en Tokio, en exclusiva para la comunidad de españoles e hispano-hablantes residentes en Japón.
Va a ser un gran show y yo no me lo pierdo por nada. Si alguno de vosotros está por Tokio esa semana y le cuadra venirse, que tome nota y reserve entrada anticipada. Mas información aquí.
NOCHE DE MONÓLOGOS CON JOAQUÍN REYES Y ERNESTO SEVILLA EN TOKIO
BAR ROMARAKUDA, estación JR HIGASHINAKANO
VIERNES 6 DE JULIO DE 2012, 20:30 HORAS
Una de las curiosidades de nuestro viaje a Raja Ampat fue ver tiburones.
En Pulau Wayag nos encontramos tiburones de puntas negras. Las aguas de Raja Ampat están pobladas de ejemplares de esta especie. La mayoría de ellos apenas llegan a medir un metro de largo, pero acojonan bastante.
Esta especie no se encuenta en peligro de extinción y su carne se puede comer, así que por extraño que parezca se pueden pescar. Se alimentan básicamente de peces, una buena forma de atraparlos es utilizando como cebo pequeños peces muertos aún frescos.
Los de Conservación Internacional nos dijeron que algunos tiburones de la zona estaban marcados para seguimiento, el resto se podían pescar. No sabemos si alguna vez pescaron alguno y se lo merendaron de cena, pero ese día se quedaron con las ganas.
Al parecer, la técnica de pesca más efectiva consiste en excitarlos y atraerlos hasta la playa, donde el ansia por morder el cebo los lleva a salir del agua y a quedarse anclados en la arena. No obstante, pudimos apreciar que son bastante listos y no se dejan engañar fácilmente. Una vez en la superficie no se pueden mover así que son más vulnerables. El cazador cazado.
Dentro del agua se mueven increiblemente rápido y son escurridizos, así que imposible atraparlos.
Se supone que este tipo de tiburones resultan inofensivos y presentan poco peligro para los nadadores y buceadores, siempre que uno no vaya por ahí sangrando ni se les provoque. Permaneciendo a una distancia prudencial, hasta se muestran tímidos. Ya sé lo que os estáis preguntando. Sí, hubo huevos a bañarse con tiburones. :-)
Una buena anécdota que nos llevamos del viaje, sí señor.
Se trata de una isla, y tiene nombre, Pulau Wayag. Una asombrosa maravilla de la naturaleza prácticamente desconocida hasta la fecha. Perdida en medio del océano, casi inexpugnable, alejada de todos los circuitos turísticos del mundo. Las guías y revistas de viajes están aún por descubrir este sitio y dar a conocer su gran potencial. Hablamos de un lugar tan mágico y fascinante como la Bahía de Ha Long en Vietnam, pero mucho más exótico e irreal; tan virgen y puro como El Nido en Palawan, Filipinas, pero con menos visitantes aún; tan frágil y delicado como la isla de Ko Phi Phi en Krabi, Tailandia pero mucho más grande en términos de superficie.
Y es que, por el momento, la única forma de llegar a este rincón apartado del mundo es en barco, ya que se encuentra a 200 km del aeropuerto más cercano, en Sorong. Lo habitual es hacerlo a bordo de un lujoso crucero liveaboard que hace un recorrido por las islas de Raja Ampat. Nuestros bolsillos no podían sorportar los 100€-200€ que cuestan por noche, así que nos preguntamos si había otras alternativas. Encontramos una vía, complicada pero no imposible. Consistía en ir a la aventura al puerto de Sorong y contratar allí los servicios de un patrón de embarcación dedicada al transporte de personas y mercancías entre las islas. Pero no era nada trivial, sin chapurrear indonesio en Papúa Occidental no se llega a ninguna parte. Fue gracias a Dani que pudimos superar esta dificultad, eso y su habilidad para regatear.
Todo el esfuerzo para conseguir una mísera embarcación a motor que a duras penas soportaba el envite de las olas bajo una tempestad y con la que atravesar cualquier espacio de mar abierto suponía echarle una partida a la muerte. Pero cualquier viajero adicto a la aventura te diría lo mismo: si el destino lo merece, adelante. Afortunadamente salimos sanos y salvos y no tuvimos que pagar ningún precio, simplemente fuimos lo suficientemente temerarios como para intentarlo.
Fue nuestro particular homenaje a los grandes viajes, en estos tiempos que corren en los que uno puede disfrutar del National Geographic en la pantalla de alta definición del salón de su casa. Pero no es lo mismo ver esto con sus propios ojos, señores. No se engañen.
Pasamos nuestra primera noche en Wayag en el único punto habitado, el centro de Conservación Internacional de Raja Ampat. Ellos se encargan de garantizar la conservación de una de las siete áreas marinas protegidas declaradas por el gobierno de Indonesia. A cambio de un modesto donativo nos acogieron en su campamento un par de noches y serían ellos mismos los que nos prestarían el servicio de guía durante nuestra estancia. Nadie conoce mejor los misterios y rincones secretos que esconde este archipiélago. Y estábamos a punto de descubrirlos nosotros también.
A primera hora de la mañana pusimos rumbo a la principal de las lagunas interiores de Wayag, la que en el mapa del satélite aparece en color más oscuro y a la que se accede desde el oeste. Por la tarde llegaría el turno de navegar por una segunda laguna interior, al noroeste, en color más claro.
Estábamos excitados, con los nervios a flor de piel. ¿Había merecido la pena hacer un viaje tan largo? Estábamos a punto de averiguarlo. Nuestros ojos estaban ya listos para grabar en la retina cada uno de los detalles de ese largo día. Hasta el cielo se había aliado con nosotros brindándonos un día de sol casi despejado.
Dimos la vuelta a la isla hasta acceder a la laguna interior por el oeste. Nada más girar la curva nos dijeron que íbamos a deternernos en una playa y ascender una de las colinas de piedra caliza. Hasta alcanzar uno de los puntos más elevados de Wayag, para tener una buena perspectiva del paisaje de karsts.
Llegamos a la playa y desembarcamos. Miramos hacia arriba por última vez antes de escalar la montaña y nos adentramos en la vegetación.
Para nuestra sorpresa no había ningún camino marcado, podíamos estar subiendo esta montaña como cualquiera de las otras de alrededor. Supusimos que nuestros guías conocían ese camino y sabían que era accesible hasta la cumbre.
El ascenso no estuvo exento de dificultades. Al llegar arriba tuvimos que escalar algunas paredes de roca. No íbamos con el equipo más adecuado, pero si nuestros guías eran capaces de hacerlo con los pies descalzos no íbamos a quejarnos.
Sin echar la mirada atrás cuando ascendíamos, no veíamos el momento de coronar la cima y darnos la vuelta para admirar las vistas. Una vistas increibles. Puede que las más impresionantes que haya contemplado jamás.
Faltan las palabras para describir aquello, así que además de las fotos aquí tenéis una bonita panorámica en vídeo.
Tachán, ¡misión cumplida! Habíamos conseguido llegar los tres juntos ahí arriba. Nos felicitamos por la victoria lograda. Cada uno de nosotros puede grabar este momento en su recuerdo para siempre.
Nos tiramos un buen rato haciendo fotos, seguro que Javi pudo sacarle el mejor partido a su cámara. Luego descendimos de las nubes para poner de nuevo los pies en el barco y continuar la excursión.
Dimos la vuelta a una cadena de karsts y nuestros guías nos preguntaron si queríamos subir otra montaña para contemplar otra magnífica vista. Estábamos de suerte, íbamos a disfrutar no de una sino de dos panorámicas.
Aceptamos, pero no sabíamos que escalar esta montaña iba a resultar tan complicado. Con mucha paciencia, sufrimos más que subiendo la primera montaña. Las paredes eran más inclinadas. La verdad, fuimos un poco inconscientes, de habernos caído por las rocas no creo que hubiéramos regresado para contarlo.
Pero una vez arriba, nos dijimos a nosotros mismos que había merecido la pena correr el riesgo. Las vistas nos dejaban otra vez sin respiración, un paisaje increible de colinas verdes y un mar de color azul imposible.
No creo que exista otro lugar como Pulau Wayag en Asia, os lo digo porque he estado años buscándolo. Mi fascinación por los paisajes de karst me ha llevado a visitar muchos países, nunca pensé que encontraría el más perfecto de ellos en Indonesia. Y es que contemplar esos minúsculos terrones de piedra salpicando el mar te hace pensar que quizás hayan sido colocados así por la misma mano de Dios.
Desde lo alto comprobamos que la laguna no tenía fin y se perdía de nuestra vista serpenteando por el interior de la isla. Nos propusimos llegar hasta los últimos rincones.
Bajamos la montaña y con el calor apetecía pegarse un baño en esas maravillosas aguas turquesas. En un momento se me pasó el cansancio de haber subido las dos colinas. Que lástima no haber llevado una máscara para hacer algo de esnórquel.
Montamos en el barco y continuamos hacia una de las playas de arena que habíamos divisado desde arriba.
Dani grabó un vídeo mientras navegábamos por la laguna interior. Lo comparto con vosotros para que veáis que estábamos sólos, sin nadie más alrededor, y con el único sonido de la naturaleza interrumpido por el ruido de nuestro motor fuera borda.
Intentamos llegar a la playa pero el acceso en barco no era posible por la escasa profundidad del fondo de coral.
A riesgo de quedarnos encallados desistimos y simplemente nos dejamos llevar a la deriva disfrutando de aquello.
Se respiraba una profunda paz y tranquilidad, no existían las preocupaciones ni nos importaba nada más en el mundo. No queríamos marcharnos de allí.
Cuando dimos por terminada la mañana volvimos al centro de Conservación Internacional y almorzarmos. Ya por la tarde, nos subimos otra vez en el barco para navegar por la segunda laguna interior. En la vista de satélite se apreciaba un color muy claro en el noreste de la isla y queríamos descubrir porqué.
Cuando llegamos allí vimos que en el fondo apenas había coral, sino arena blanca y sedimentos.
El agua estaba completamente en calma, como si se tratara de un lago de agua dulce. El fondo tenía muy poca profundidad así que a partir de cierto punto tuvimos que subir las hélices del motor para no encallar en la arena y mover el barco con ayuda de un palo.
Era un ecosistema único, una ciénaga compuesta por agua de mar prácticamente estancada donde crecían árboles (manglares).
Vimos pájaros tropicales y criaturas marinas en su hábitat natural, como una tortuga que pasaba por allí y apenas se inmutó con nuestra presencia.
Más adelante vimos alguna raya látigo (stingray) de forma redondeada arrastrándose por el fondo.
La ciénaga conectaba con el mar por el norte de la isla. Era curioso ver a lo lejos cómo las olas rompían contra el agua de la laguna. Como si allí hubiera una barrera y fueran dos mundos separados.
Estuvimos dando una vuelta y exploramos hasta el último rincón de la laguna. Al volver sobre nuestros pasos nos encontramos que no podíamos salir de la isla por el norte, pues la costa estaba expuesta directamente al océano y la corriente era muy fuerte. Terminamos saliendo por el sur y regresamos al campamento.
Había sido un día muy largo cargado de emociones. Sentirnos felices y contentos es decir poco. Aquel estaba resultando uno de los mejores viajes de nuestras vidas. Concluímos que había merecido la pena muchísimo viajar tan lejos para descubrir un lugar tan excepcional. Todavía nos quedaban tres días de viaje para hacer la ruta de regreso hasta Sorong, pero ya nos daba igual lo que fuéramos a encontrarnos. Habíamos sido testigos de lo mejor de Raja Ampat y podíamos descansar tranquilos.
Ojalá este tesoro de la naturaleza permanezca así de intacto durante mucho tiempo, en lugar de sucumbir al turismo insostenible y a la masificación que afectan a este tipo de atracciones en Tailandia y Vietnam. Papúa es una de las regiones de Indonesia que recibe menor inversión turística y por tanto pueden pasar años hasta que exista una infraestructura mínima que permita llegar cómodamente hasta aquí. El alojamiento también está complicado, por el momento existen únicamente cuatro resorts de lujo que no todo el mundo puede permitirse, a una distancia mínima de 100 km. Pasará un tiempo también hasta que este destino sea incluido en las guías de viaje. Hasta entonces, vivir esta experiencia no estará más que al alcance de unos pocos privilegiados, valientes aventureros dispuestos a seguir el mismo camino que hicimos nosotros.
Tercer día en Raja Ampat, de nuevo toca despertarse con las primeras luces del alba.
A las 6 de la mañana comenzó el ajetreo en la factoría de perlas donde habíamos acampado la noche anterior. Con gran generosidad y hospitalidad nos habían dejado pasar la noche en el embarcadero, pero llegado el día era momento de marcharnos.
Rumbo al norte a toda máquina. No había un minuto que perder, nos esperaba un largo camino por delante. Si todo iba según lo previsto, hoy sería el día que llegaríamos por fin a Pulau Wayag, el objetivo de nuestro viaje, después de tres jornadas de travesía.
Nos detuvimos un momento en Pulau Bianci para dejar a un militar que habíamos recogido en la factoría de perlas frente a Pulau Pef. Bianci era probablemente uno de los últimos poblados que nos encontraríamos al norte de Raja Ampat, sino el más remoto de todos. Según nos alejábamos de la isla de Nueva Guinea veíamos menos asentamientos, puesto que resulta más caro abastecerse de mercancías y provisiones.
El mar de Raja Ampat empezaba a parecerse ya al auténtico paraíso virgen que imaginábamos antes de venir. Nos cruzamos con pequeñas islas desiertas de esas en las que a uno no le importaría naufragar una temporada.
Tras 2 horas de travesía llegamos al primer punto del itinerario marcado para ese día, la bahía de Aljui. Se trata de una bahía al noroeste de la isla de Waigeo, un laberinto de recobecos que queríamos explorar.
Sobre las 9 de la mañana enfilamos la entrada de la bahía. El tiempo nos acompañaba, hacía un sol radiante y a esas horas el calor avisaba de que habría que untarse bien de crema sino queríamos terminar tostados.
Agus, nuestro patrón, nos dijo que antes de meternos en la bahía quería parar un momento en el embarcadero que se divisaba justo a la entrada.
No teníamos ni idea de lo que estaba hablando, pero corrigió el rumbo hacia el embarcadero. Al parecer se trataba de otra factoría de perlas, y nos dirigíamos al control de seguridad. No sospechábamos nada, pero estábamos a punto de vivir uno de los episodios más surrealistas del viaje.
En el embarcadero nos estaban esperando dos guardias de seguridad enfundados con pistolas. Agus se acercó y discutió con estos que queríamos entrar en la bahía. Su primera respuesta fue que allí no se podía entrar, que aquello era una zona privada. ¿¡De qué narices estaba hablando si aquello era una bahía natural!?
Insistimos en que éramos turistas y queríamos entrar sólo para admirar la bahía. Los guardias de seguridad hablaron entre ellos y acordaron que esperaríamos a que el jefe regresara y le pudiéramos preguntar. A los diez minutos apareció por el embarcadero un tipo australiano, el jefe del cotarro. Nos miró con cara rara, estábamos seguros de que se estaba preguntando cómo narices habíamos llegado hasta allí con un long-boat. Nos dijo que en la bahía no había mucho interesante que ver, salvo algunos cañones al fondo de la misma.
Pero buena parte de la bahía se dedicaba al cultivo de perlas, por esa misma razón no dejaban entrar a cualquiera. Trabajaban con mercancía valiosa y las medidas de seguridad eran muy estrictas. Dejamos bien claro que nuestras intenciones era buenas, únicamente queríamos entrar en la bahía para hacer fotos. Desde luego que no se nos pasaba por la cabeza robar perlas.
Debimos parecerle inofensivos, puesto que no se lo pensó demasiado y nos dijo que adelante, no sin antes advertirnos de que corríamos un serio peligro si nos acercábamos a cualquiera de las redes donde cultivaban perlas. No podía garantizar nuestra seguridad, nos dijo que sus guardias no se andaban con tonterías y que tenían permiso para abrir fuego contra cualquier embarcación que intentara acercarse a las redes de ostras y si intentábamos huir nos perseguirían. Por si no nos había quedado claro, hizo el gesto de metralleta con sus manos mientras disparaba ra-ta-ta. ¡Vaya, hombre! y yo que esa mañana me había olvidado de sacar el chaleco antibalas del fondo de la mochila.
El bueno de Agus también parecía un poco nervioso y propuso que lo mejor era marcharnos de allí, rumbo a Pulau Wayag. Aquello nos pareció más una muestra de su típica holgazanería que de cobardía, así que intentamos tranquilizarnos todos y decidimos que si dirigíamos el barco por el centro de la bahía, a una distancia prudencial de las redes, no debería haber ningún problema.
Así pues, con mucho cuidado nos adentramos en la bahía de Aljui. Aquí tenéis un vídeo que grabé cuando navegábamos por el interior. Era impresionante estar en el mar completamente rodeado por montañas. Os pido disculpas por la calidad del sonido, se oye demasiado viento. Podéis activar los subtítulos del vídeo.
La bahía estaba dividida en varias lagunas, queríamos llegar hasta la más interior de todas para ver los acantilados. Para ello teníamos que cruzar varios estrechos.
Tras cruzar el primer estrecho, el agua estaba en calma, no parecía que estuviéramos en el mar.
Llegar hasta el fondo de la bahía nos llevó más tiempo de lo esperado, y vació buena parte de nuestro depósito de gasolina. A la larga, el consumo superaría las previsiones y sería necesario comprar más gasolina para el camino de regreso a Sorong.
Pero merecía la pena haber llegado hasta allí. El paisaje de karts en Aljui con multitud de acantilados de piedra caliza cubiertos de árboles era todo un espectáculo.
Cuando llegamos justo al punto más interior de la bahía, el barco nos jugó una mala pasada y el motor comenzó a carraspear, tal y como nos había pasado nada más salir de Sorong. Al rato dejó de funcionar. Agus tuvo que ponerse manos a la obra para repararlo.
Nos los tomamos con buen humor, aunque en realidad estábamos en uno de los lugares más recónditos de Raja Ampat. Si nos quedábamos allí tirados podían pasar horas incluso días hasta que otro barco llegara tan adentro de la bahía. Agus consiguió arreglar el motor rápidamente y concluyó que el problema estaba en que le habían colado gasolina adulterada.
Ya era mediodía cuando dimos la vuelta y regresamos a la entrada de la bahía. Al salir de la laguna Agus notó el mar un poco picado, así que antes de abandonar Waigeo y cruzar mar abierto para llegar a Pulau Wayag quería que nos detuviésemos y esperásemos a hacerlo con las mejores condiciones posibles.
El único embarcadero que había por la zona era el de la factoría de perlas, así que nos acercamos y pedimos permiso subir y hacer tiempo. Mientras, prepararíamos el almuerzo. No les hizo mucha gracia que siguiéramos por allí rondando pero aún así nos dieron una hora de permiso para estar en el embarcadero.
El ritual de nuestras comidas y cenas era siempre el mismo. En primer lugar, fregar los utensilios con agua de mar. A continuación, echar agua mineral en la sarten para cocer la comida.
Durante una semana estuvimos alimentándonos casi a base de arroz y fideos con los distintos ingredientes que habíamos comprado en el supermercado el día que partimos de Sorong. Hoy, el menú eran fideos con tomate y atún. Algo rápido y sencillo, suficiente para llenar nuestros estómagos.
Cuando transcurrió la hora de permiso el mar seguía igual de picado, pero nos "invitaron" a abandonar el embarcadero. De todas formas el tiempo se nos echaba encima y con menos horas de luz navegar sería más complicado. Así pues, dejamos la bahía de Aljui rumbo a Pulau Wayag, nuestro destino final.
El archipiélago estaba sólo a un par de horas de Waigeo, pero atravesar el mar abierto con un long-boat entrañaba cierto peligro, ya que la embarcación era bastante ligera e inestable.
El cielo amenazaba tormenta y nuestros peores temores no tardaron en cumplirse. Justo cuando el GPS del móvil nos indicaba que estábamos a medio camino nos sorprendió una tormenta. Estábamos perdidos.
En un momento se puso a llover, un aguacero tremendo. Empezó a entrar agua en el barco, así que tuvimos que cerrar todas las ventanas. El oleaje movía el long-boat de un lado al otro, en algún momento nos asustamos porque pensamos que podíamos llegar a volcar. Para calmar el nerviosismo, intentamos tomárnoslo un poco de coña y grabamos este vídeo.
Estábamos tan cerca de Wayag que podíamos ver ya las primeras islas allí a lo lejos. ¡Casi lo habíamos conseguido!
Afortunadamente todo salió bien y conseguimos atravesar la tormenta. Fue un pequeño susto.
Como ya comenté, la diversidad marina que presenta la zona de Raja Ampat, en el mar de Halmahera situado entre el archipiélago de las Molucas y la península conocida como Cabeza de Pájaro al noroeste de la isla de Papúa, es la más alta registrada en la Tierra. Mucho mayor que cualquier otro área del Triángulo de Coral integrado por Indonesia, Malasia, Filipinas, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Timor Oriental, el cual es considerado como el corazón de la biodiversidad de arrecife de coral en el mundo. Por esta razón, se trata de una de las áreas de acción de máxima prioridad para Conservación Internacional y mantienen un centro de operaciones en Wayag, al norte de Raja Ampat.
Las instalaciones no son gran cosa, tan sólo algunas cabañas de madera y una mesa de convenciones. Disponen de conexión a internet vía satélite, electricidad por las noches a base de paneles solares y un motor de gasolina y el agua de los aseos proviene de lo que recogen cuando llueve. Suficiente para mantener un equipo de una docena de jóvenes.
Su labor es muy importante. Se dedican a garantizar la conservación de Pulau Wayag, una de las siete áreas marinas protegidas declaradas por el gobierno de Indonesia en mayo de 2007. Conservan un catálogo de especies marinas de Raja Ampat y desde allí ponen en marcha iniciativas educativas en la comunidad para mentalizar sobre lo importante que es la conservación. También organizan patrullas en las costas con el fin de evitar actividades marítimas ilegales como la caza con explosivos que puedan dañar el coral, la pesca furtiva de especies protegidas o el vertido de contaminación. El principal objetivo es mantener esta región lo más intacta posible, ya que se trata de uno de los ecosistemas más vírgenes del planeta. Como parte de su programa, nos ofrecieron servicio de guía para el día siguiente por el archipiélago y alojamiento en el campamento a cambio de realizar un donativo. Nos quedamos allí dos noches.
Después de llevar todo el día a bordo de un barco se agradecía pisar tierra firme de nuevo. Con la tranquilidad del atardecer nadie diría que hace unas horas habíamos estado luchando contra el mar en medio de una tormenta.
Por el momento, a pesar de sufrir algunos pequeños imprevistos todo estaba saliendo según la hoja de ruta, no podíamos creerlo. Estábamos teniendo tanta suerte con el viaje que no cabe duda de que alguien estaba rezando por nosotros.
Así concluía nuestro tercer día en Raja Ampat, otro día más cargado de emociones que nos hicieron caer rendidos a primera hora de la noche. Estábamos más o menos en el ecuador del viaje así que había que descansar bien.
Esa noche dormimos plácidamente. Habíamos conseguido el reto propuesto, llegar al archipiélago de Wayag, unos 200 km al nortoeste de Sorong, nada menos que a bordo de una embarcación long-boat, una hazaña de la que estar orgullosos.
El día siguiente lo dedicaríamos a recorrer los alrededores de Pulau Wayag. Comprobaríamos entonces si había merecido la pena viajar tan lejos para encontrar un lugar único en la Tierra. Estad atentos al próximo capítulo, que probablemente sea el mejor de la serie.