Han pasado casi dos meses desde que me fui de Japón y llegué a Vietnam. Se dice pronto dos meses pero para mí este tiempo ha pasado volando. He estado bastante liado y por fin encuentro un momento para reflexionar sobre lo que ha supuesto este cambio.
Algunos de vosotros, sobre todo mis amigos más cercanos, os preguntaréis cómo he vivido el regreso a Saigón después llevar tanto tiempo añorando esta querida ciudad. Vine por primera vez en 2007, por azares del destino más que por decisión propia, pero el caso es que durante el año que estuve aquí destinado viví un montón de experiencias que me marcaron profundamente. Marcharme de Vietnam fue una idea terrible y en su día me arrepentí, pero al final he conseguido encontrar el camino de vuelta y aquí estoy de nuevo, dispuesto a comenzar una segunda etapa.
No mentiré si os digo que aunque tenía muy claro que quería regresar, también tenía cierto miedo a que después de tantos años la ciudad hubiera cambiado demasiado o la ausencia de ciertas amistades hicieran que nada fuera a ser lo mismo. Al final mis expectativas no sólo se han cumplido sino que además se han visto superadas. ¡Me siento muy feliz de estar de vuelta!
La ciudad ha cambiado, en efecto, pero a mejor. La vida es ahora más fácil que hace cinco años. El desarrollo ha llegado aquí poco a poco y ya apenas se echan en falta las comodidades de occidente. No obstante, a Ho Chi Minh City aún le queda mucho para poder compararse con sus vecinas Bangkok o Manila, y más lejos queda Singapur. Pero esta ciudad tiene algo especial, una esencia y un carácter distinto de las demás y que enamora a sus visitantes.
Quizás sea porque deseaba mucho volver aquí, pero Saigón me parece más bonita que nunca. El casco antiguo del distrito 1 llevaba años en reforma y ha quedado magnífico. La ciudad recupera el esplendor de sus años de herencia francesa con los edificios de arquitectura clásica al final de Lê Lợi en el cruce con Đồng Khởi y Nguyễn Huệ, que contrastan con los modernos rascacielos de cristal que se elevan por encima de las nubes en lo que denominará el centro financiero.
Vietnam continúa siendo el régimen comunista que se instauró tras finalizar la guerra con EEUU, pero en contra de lo que vaticinaron algunos el modelo socialista ha traído el progreso a este país. Aunque todavía hay algunas desigualdades sociales y un fuerte contraste entre ricos y pobres, el camino emprendido va en la dirección correcta.
El día a día en la ciudad no es muy diferente del que conociera años atrás. La construcción de la red de transporte público es lenta y va con retraso así que la moto sigue siendo el principal medio para moverse. La motocicleta, que con el tiempo ha terminado convirtiéndose en un elemento intrínseco de Vietnam, en el fondo es una medida necesaria mientras el gobierno siga poniendo trabas a la importación de coches debido a la carencia de infraestructuras. A este paso, Vietnam podría ser uno de los países del mundo donde sus habitantes pasen de utilizar bicicletas y motos a moverse en transporte público sin tener que pasar por el coche, un tipo de vehículo poco eficiente para países densamente poblados.
Ir en moto te da bastante libertad, no dependes de horarios y puedes llegar hasta donde quieras y aparcar donde puedas. Lo único malo que le veo es la lluvia. Desde Mayo hasta Noviembre tenemos temporada de lluvias al sur de Vietnam y conducir con lluvia es un engorro, especialmente si las calles se inundan. No obstante, el fenómeno es previsible y ocurre sólo a ciertas horas del día y durante un rato. Puedes adelantar o retrasar la salida de la oficina según veas que va a empezar a llover. Luego escampa y por la noche suele estar despejado, lo cual es maravilloso porque raras veces ves comprometidos tus planes de salir de fiesta a causa del tiempo.
Y hablando de salir de fiesta, la política local de ocio nocturno parece que se ha relajado y ahora hay muchas más discotecas y clubs en Saigón que abren "until late". Curiosamente hay más oferta pero la agenda de muchos sigue marcada por los garitos de siempre: el Lush, el Apo y el Go2. La gran novedad es que la vida social se extiende más allá del fin de semana y continúa la noche de los martes, cuando toca Ladies Night y se sale a tope.
Cuento con buenas amistades para salir de fiesta. Españoles que conocí a través de viejos amigos y que se han convertido en mi nueva familia. Tenerles a ellos ha sido un apoyo importante para readaptarme de nuevo, aunque tampoco es que me esté costando demasiado. Recordar el idioma facilita también las cosas. Mi oído se va acostumbrando a procesar las cadenas de monosílabos y he recuperado la fluidez que tenía, aunque mi vocabulario es bastante limitado y cuando saque tiempo me gustaría seguir aprendiendo vietnamita.
La mayor dificultad que he tenido al llegar quizás ha sido buscar apartamento. Encontré uno cerca del aeropuerto, no demasiado lejos del centro en el borde del distrito de Bình Thạnh con Phú Nhuận, en un barrio en el que hay de todo y también viven algunos colegas. Es un piso de 94 metros con dos habitaciones y un salón enorme con cocina para mí solo por poco más de lo que pagaba por un piso compartido en Japón.
Lo cierto es que comparado con Japón, la búsqueda de piso en Vietnam ha sido infinitamente más fácil, empezando porque aquí los pisos se alquilan completamente amueblados y únicamente hace falta dejar un depósito que se devuelve íntegro al finalizar el contrato de alquiler, nada de descontar una parte para gastos de limpieza (estoy bastante descontento con el sablazo que me metieron al dejar el piso de Tsukuba). Tampoco hace falta entregar ningún dinero de gratitud al propietario del apartamento, siendo este último el que además se encarga de pagar la comisión a la agencia inmobiliaria. Del registro como residente también se encarga el dueño. En fin, nada que ver con la pesadilla que me tocó sufrir en Japón.
Pero bueno, no sólo el alquiler de la vivienda es barato sino todo en general. Me flipa lo mucho y bien que se come aquí por pocos euros. Disfrutar de la gastronomía es uno de los mayores placeres de Vietnam.
En fin, como véis estoy muy contento de haber regresado y por el momento las cosas van bien. A estas alturas estoy convencido de que marcharme de Japón y volver a Vietnam fue una sabia decisión. Japón me parece un país muy curioso e interesante, pero no me resulta tan excitante como el sudeste asiático. A mí realmente me gusta esto: el calor tropical, el caos, el ruido, las calles llenas de vida, las sonrisas, la felicidad de la que uno termina contagiado.
Y no importa lo mucho que conozca ya de Saigón, la ciudad sigue manteniendo ese halo de misterio y disfruto descubriendo sus secretos pacientemente. Así que si en algún momento dejo de postear, no os preocupéis, amigos. Seguramente estaré ocupado disfrutando de la vida aquí y no me quedará tiempo para compartir las experiencias.
Después de pasar tres años viviendo en Japón llegó el momento de decir Adiós - さようなら.
En febrero os contaba que había cumplido el objetivo que me había propuesto al llegar a Japón, graduarme en una universidad japonesa y obtener un título de Master.
Tras la entrega de la tesis pude disfrutar de un período de vacaciones en la universidad. Me marché de viaje por el sudeste asiático, a modo de aperitivo de lo que vendría después. Recibí con los brazos abiertos los días soleados y el clima tropical, el estilo de vida caótico y desordenado pero al mismo tiempo tranquilo y relajado, el contacto visual y las sonrisas, la sensación de que cada día puede ser una aventura y rutinas, las justas.
Vine a finales de marzo para la ceremonia de graduación en la Universidad de Tsukuba.
Y la correspondiente entrega de diplomas, un premio al esfuerzo que recibí casi entre lágrimas. Sin lugar a dudas, completar mis estudios en una universidad japonesa es uno de los retos personales más complicados que he superado.
Después de la graduación, apenas dispuse de dos días para recoger todas mis cosas del piso de Tsukuba, hacer las maletas y despedirme de mis amigos antes de poner rumbo de nuevo al sudeste asiático para asistir al enlace del compañero ICEX de mi generación en Singapur. Allí me encontré también con mis colegas de Hong Kong y Shanghai y pudimos rememorar viejas historias. Todas las señales indicaban que estaba a punto de volver sobre mis pasos y regresar al destino asignado para mi beca ICEX: Saigón. De una vez por todas.
No negaré que he vivido estas últimas semanas con muchos nervios y he tenido dudas hasta el último momento (de hecho hasta tramité la extensión del visado en Japón por si acaso) pero la decisión era más o menos firme así que sólo me quedaba dar el paso.
Llegó el ansiado momento de volver a Vietnam, pero estoy emocionado por marcharme de Japón. Estos tres últimos años han sido inolvidables y la experiencia será irrepetible. A pesar de las dificultades he disfrutado muchísimo de mi estancia y siempre guardaré un cariño muy especial por este país, por sus gentes, sus paisajes y sus tradiciones. Echaré de menos a mis amigos en Tokio y en Tsukuba, a los que agradezco la amistad a lo largo de estos años y deseo que continúe en la distancia.
Me despido de Japón pero algo me dice que nos volveremos a ver muy pronto. Aparte, aún me faltan por contar algunas historias en el blog.
De vez en cuando en este blog se nos va la pinza y nos gusta investigar sobre aspectos curiosos de la cultura asiática. En esta ocasión, profundizamos en la historia del sushi.
Qué es el sushi
El sushi, como muchos sabréis, es un plato típico de la gastronomía japonesa. Consiste en un bloque de arroz cocido aderezado con vinagre de arroz, azúcar, sal y otros ingredientes, generalmente pescados y mariscos. A menudo, el término sushi suele asociarse con el consumo de pescado crudo, aunque lo cierto es que los productos que acompañan al arroz no tienen que ir siempre crudos, sino que pueden ir hervidos, fritos o marinados. Por ejemplo, el pescado de mar suele emplearse crudo pero el pescado de río debe ser cocinado ya que puede contener parásitos. El sushi hace más bien referencia a la preparación del arroz que al acompañamiento, por tanto.
El componente fundamental del sushi es la base de arroz aliñada con vinagre de arroz. Partiendo de esto, según se disponga el acompañamiento se distinguen varias clases.
Una de ellas es el maki-zushi o sushi en rollo que se prepara colocando el arroz sobre una lámina de algas nori secas y rellenándolo con verduras o pescado. La lámina se enrolla utilizando una esterilla de bambú y se corta en porciones de unos dos centímetros de grosor.
Otra de las clases, quizás la más común, es el nigiri-zushi, que presenta los ingredientes sobre un montículo de arroz, cubriendo prácticamente toda su superficie. Los surtidos de nigiri-zushi más típicos suelen incluir maguro (atún), sake (salmón), ika (calamar), aji (caballa), ebi (gamba hervida), tamago (crema de huevo) y unagi (anguila endulzada asada a la parrilla).
En Japón encontramos distintos restaurantes dedicados al sushi. Los más tradicionales son los pequeños establecimientos en los que el cocinero de comida japonesa, el itamae, corta el pescado delante de ti.
Los más modernos son las cadenas de kaitenzushi, donde la comida se sirve a través de una cinta transportadora en la que el cocinero va colocando los pedidos y estos se distribuyen por todas las mesas. Una curiosa forma de servir la comida que llama mucho la atención de los turistas extranjeros.
Además de estos restaurantes, que generalmente sirven las variedades de sushi más reconocidas, en muchas regiones de Japón los acompañamientos y la forma de preparar el plato varían de acuerdo con los gustos locales.
Historia del sushi El sushi tal y como lo conocemos en el presente data de no más de 200 años atrás. Antes de esa época, en Japón no se comía el pescado crudo, sino fermentado. Y la costumbre de comer pescado fermentado no se originó en Japón, sino que proviene nada más y nada menos que del sudeste asiático.
Esto puede parecer en cierta forma sorprendente. Por lo general, aceptamos que Japón tiene una historia y una idiosincrasia muy diferentes del resto de pueblos de Asia, y al tratarse de un archipiélago lo más normal sería pensar que un plato tan básico como el sushi tuviera su origen en la relación del pueblo japonés con el mar y el pescado. Sin embargo, no son pocos los elementos presentes en la cultura japonesa que provienen del sur y sudeste de Asia, considerada la cuna de la civilización asiática. Un ejemplo de ello son las pagodas, los edificios más antiguos y emblemáticos que encontramos en Japón, capaces incluso de resistir terremotos. Este tipo de construcciones no son originarias de Japón sino que provienen de las estupas levantadas por primera vez en la India, en el sur de Asia. De la India pasaron a Bangladesh y a Tailandia, luego a Indochina y China, de ahí a la península de Corea para dar el salto a Japón, de la mano de la religión budista. Los japoneses no hicieron otra cosa que tomar algo prestado, adaptarlo, perfeccionarlo y conservarlo hasta nuestros días. Podríamos decir que con el sushi ocurrió lo mismo.
El sushi tiene su origen en el sudeste asiático. Desde allí se extendió por el Este de Asia junto con los diferentes métodos para el cultivo del arroz, primero a China y luego a Japón.
Ya en épocas remotas, se sabe que los antiguos hombres idearon distintas formas de conservar los alimentos perecederos. Algunos métodos que se empleaban eran el ahumado (que consiste en someter los alimentos a humo de fuego realizado con madera) o el salazón (que consiste en salar los alimentos para ayudar a su deshidratación y la inhibición de ciertas bacterias).
En el caso del pescado, las poblaciones de la costa nunca necesitaron aplicar métodos de conservación ya que podían disponer de pescado fresco durante todo el año, pero las poblaciones del interior, especialmente las de regiones tropicales como el sudeste asiático donde el calor hace que los alimentos se descompongan rápidamente, se vieron obligadas a idear una forma de conservar el pescado recogido durante la temporada de lluvias, cuando había gran abundancia en los ríos, para tener algo que comer durante la temporada seca, cuando había escasez de peces.
Así fue como en algún momento de la historia las poblaciones que vivían a lo largo del río Mekong descubrieron un sistema que permitía conservar el pescado durante largos periodos. Durante la temporada de lluvias, el excendente de la pesca se salaba y se introducía envuelto en arroz cocido en ánforas que luego se sellaban. Con el paso del tiempo, la fermentación del arroz no sólamente permitía conservar el pescado, sino que además el ácido láctico y ácido acético (vinagre) generados durante el proceso proporcionaban un sabor especial a la carne. El olor resultaba desagradable, pero el sabor con toques ácidos era apto para el consumo humano. En la temporada seca, se abrían las ánforas, se tiraba el arroz y se sacaban las entrañas del pescado antes de ser consumido.
En Laos, esta forma de preparación se conoce como Padaek, en Camboya se conoce como Prahok, en Tailandia se conoce como Pla raa y en Vietnam se conoce como Mắm cá.
Este sistema de conservación se extendió desde el sudeste asiático al sur de China. Las poblaciones de las montañas, que pescaban los peces en los ríos, tenían por costumbre alimentarse de los peces adultos mientras que soltaban las crías pequeñas en las terrazas de arroz inundadas en la época de plantación para que estas se alimentaran de los nutrientes, y durante la época de recogida se volvían a pescar ya convertidas en adultas. Los peces que no se podían comer se conservaban siguiendo el mismo procedimiento. Primero se salaban, en ocasiones se aderezaban con pimienta en polvo, lo cual confería un sabor especial al pescado, se envolvían en arroz cocido y se metían en ánforas para su fermentación.
En China existen registros en estelas de piedra que datan del s. VIII a.C. en los que se menciona el pescado fermentado con sal, denominado Qi, y representado con el caracter 鮨, que asociaba únicamente la idea de pescado fermentado y no de arroz. Resulta curioso que el mismo caracter se siga utilizando hoy en día en algunos restaurantes de sushi en el mercado de Tsukiji, el más importante de Tokio, en lugar de la lectura ateji 寿司 empleada habitualmente por los japoneses. Esto nos da una idea de que el sushi japonés proviene del pescado fermentado con sal de China, ya que ambos se representan con el mismo ideograma.
El restaurante sushi-dai (寿司大), uno de los más populares de Tsukuji, emplea la notación ateji 寿司 en su cartel frontal, mientras que para el cartel lateral emplea una variación obsoleta del kanji 鮨.
El sushi en Japón
La técnica para elaborar pescado fermentado se introdujo en Japón en torno al siglo VIII y se propagó primero por las provincias cercanas al Mar de Japón, donde aún hoy en día encontramos evidencias.
La forma más primitiva de sushi que existe todavía en Japón se denomina nare-zushi (sushi madurado). Se elabora principalmente en las aldeas costeras de Wakasa, en la prefectura de Fukui, a partir de caballa. El orígen de esta tradición data de varios siglos atrás y el procedimiento que se ha utilizado desde entonces es el mismo que se utilizaba en China y el sudeste asiático, con ligeras diferencias. Primero se corta y se limpia la caballa, se sala y se deposita en capas en el interior de un barril. Después de prensarlo durante tres o cinco días, se saca el pescado y se envuelve en arroz, para luego volver a depositarlo en el mismo barril. Se cierra el barril con una roca pesada y se deja fermentar durante los días de verano. Al cabo de seis meses, el pescado está listo para ser consumido, generalmente entre los meses de diciembre y abril.
Otro antecesor del sushi es el funazushi, una especie de nare-zushi que se lleva preparando en una aldea de la prefectura de Shiga desde 1619. El funazushi se elabora a partir de nigoro-buna, una variedad de carpa que habita en el Lago Biwa. En este caso, el pescado se almacena intacto en salazón durante un año. Después se envuelve en arroz y se deja reposar hasta cuatro años. El resultado es un pescado fermentado que se sirve en finas tiras o se utiliza como ingrediente para otros platos.
En el caso del nare-zushi y el funazushi, al haber conservado la técnica original el arroz utilizado durante el proceso de fermentación termina desperdiciado. En otros casos, el proceso evolucionó cuando los japoneses se dieron cuenta de que el arroz fermentado era igualmente comestible a pesar del fuerte olor a pescado y empezaron a consumir juntos el pescado y el arroz, tal y como se hace hoy en día con el sushi.
Mientras en Japón la forma de conservar el pescado fermentado evolucionaba, en China esta práctica desaparecía con la expansión del Imperio Mongol (1206–1368), que impuso sus costumbres alimentarias más carnívoras.
Con el paso del tiempo, los japoneses fueron reduciendo el periodo de fermentación del pescado de seis meses a pocos meses, luego semanas y por último días. Una de las razones para acelerar el proceso de fermentación era evitar el desagradable olor que despedía el nare-zushi, y esto fue posible gracias al descubrimiento del vinagre de arroz. Durante el periodo Muromachi (1337-1573) se popularizó una nueva forma de sushi denominada namanare (que quiere decir medio crudo) y que consistía en pescado de baja fermentación envuelto en arroz recién cocinado mezclado con vinagre de arroz. El vinagre confería el mismo sabor que el proceso de fermentación pero con un olor menos fuerte y la comida requería un tiempo menor de preparación.
Por aquel entonces, el pescado fermentado había dejado de ser un medio de preservar los alimentos y se había convertido en un nuevo plato de la cocina japonesa.
El Iwakuni-zushi, una especialidad local de sushi de Iwakuni data de aquella época y ha llegado hasta nuestros días. De acuerdo con la leyenda, el señor Hiroie Kikkawa, líder del clan y fundador de la ciudad en 1601 inventó esta forma de sushi para que pudiera ser transportado de forma fácil en tiempos de guerra. Se prepara con ayuda de un molde de madera cuadrado en el que se colocan el arroz al vinagre y los distintos ingredientes (caballa, gambas, setas shiitake y huevo) en sucesivas capas antes de prensar la mezcla. Posteriormente se corta en cuadrados.
El vinagre de arroz fue trascendental a la hora de reducir el tiempo de fermentación y transformar el sushi en un plato casi instantáneo. A comienzos del s. XVIII, durante el periodo Edo, el sushi evolucionó en haya-zushi (sushi rápido). El pescado pasaba por un tiempo muy pequeño de fermentación y se prensaba con arroz mezclado con vinagre de arroz. Este tipo de sushi se hizo muy popular en la ciudad de Osaka, donde de hecho es posible encontrarlo hoy en día. La técnica se perfeccionó y a mediados de siglo llegó a Tokio, entonces conocida como Edo. Allí comenzó a venderse en puestos callejeros colocados junto a la bahía.
Fue a comienzos del s. XIX cuando el cocinero Hanaya Yohei creó un nuevo estilo denominado nigiri-zushi (sushi formado con las manos). Esta preparación rápida del sushi es la que ha llegado hasta nuestros días. Consistía en un bloque alargado de arroz avinagrado con una rodaja de pescado crudo encima, cuyo tamaño era el doble que el actual. La novedad del nigiri-zushi es que el pescado no estaba fermentado, sino que simplemente se marinaba con salsa de soja o se cocinaba antes de ser colocado sobre el arroz. Esto era necesario porque todavía no había sistemas de refrigeración y el pescado crudo perdía su frescura rápidamente, la salsa de soja frenaba el proceso de descomposición.
Esta nueva forma de sushi se convirtió en un rotundo éxito, ya que el plato podía comerse con los dedos o con palillos y el tiempo de preparación era tan corto que podía considerarse un tipo de comida rápida, muy apropiado para el agitado ritmo de vida de los habitantes tokiotas. Su fama corrió como la pólvora y a mediados del s. XIX ya existían en la ciudad dos restaurantes de sushi por cada restaurante de soba. El terremoto de Kanto de 1923 obligó a muchos cocineros de nigiri-zushi a evacuar Tokio y a dispersarse por todo el territorio, difundiendo su popularidad por el resto de regiones de Japón hasta convertirse en un plato distintivo de la cocina japonesa.
Con la aparición de los sistemas de refrigeración el pescado crudo podía permanecer fresco durante más tiempo y llegar así a más consumidores. Ya no hacía falta marinar el pescado, sino que podía ser untado en salsa de soja justo antes de ser ingerido. El sushi se dio a conocer al resto del mundo a lo largo del s. XX con la inmigración de los japoneses a otros países, comenzando por la zona de California en EEUU.
Y esta es la historia de como el sushi se originó en el sudeste asiático como un medio de preservar el pescado durante la temporada de escasez y con el tiempo pasó a China y de ahí a las poblaciones de Japón situadas cerca del Mar de Japón. Su estilo de preparación evolucióno para convertirse en una delicia culinaria de Osaka y llegó por último a Tokio, donde se desarrolló la forma de sushi que conocemos hoy en día.
Pensadlo bien la próxima vez que comáis un trozo de sushi. No se trata tan sólo de comida japonesa, sino que simboliza muy bien la historia de Asia: arroz y pescado.
Si os interesa conocer más sobre el mundo del sushi, os recomiendo el documental "Super Fish" de la KBS (Korean Broadcasting System) en el que me he basado para escribir este artículo. Trata sobre la importancia del pescado en la historia de la humanidad y tiene una excelente producción. Se compone de seis episodios, uno de ellos, "Sushi Odyssey", dedicado a la historia del sushi. Explica desde sus orígenes en las orillas del río Mekong hasta los restaurantes más exclusivos de Tokio que sirven piezas por precios astronómicos. Aquí tenéis un fragmento del documental en el que se muestra cómo grabaron a los habitantes de la montañas del sur de China recogiendo los peces criados en las terrazas de arroz después de la cosecha. Posteriormente, estos pescados se almacenan para su fermentación.
Por último, si os gustan este tipo de entradas que tratan sobre la historia y la cultura de Asia, os recomiendo leer "Ojos en la proa, una antigua superstición", un artículo que escribí para el blog en el que intentaba desentrañar el misterio de por qué las embarcaciones de Vietnam llevan pintados un par de ojos en la proa a partir de una tradición nacida en el Antiguo Egipto.
El pasado viernes, 1 de Febrero presenté la defensa de mi tesis de Master. Cumplo así el sueño de graduarme en una universidad japonesa, el desafío que he venido persiguiendo durante los dos últimos años de mi vida. Desde hace unos meses habréis notado que he dejado el blog un poco abandonado, me encontraba en la recta final del Master y desde diciembre he estado ocupado preparando la tesis.
Conseguir el título de Master era el propósito fundamental por el que vine a Japón, una aventura que comenzó en marzo de 2009 cuando solicité la beca Monbukagakusho. Pedí esta beca por tres motivos. El primero de ellos regresar al Lejano Oriente, una tierra de la que me enamoré tras pasar por Vietnam en 2007-2008 y de la que no soportaba estar separado. El segundo fue descubrir Japón, desde niño había sentido una especial fascinación por este país y venir aquí se me presentaba como la oportunidad de vivir una experiencia increible. El tercero, ampliar mis estudios universitarios y especializarme en un campo concreto antes de continuar mi carrera profesional.
Aterricé en Japón en Abril de 2010. Han pasado casi tres años y por fin puedo decir bien a gusto que he cumplido mi sueño. Como todo aquel que persigue uno sabía a lo que me enfrentaba, un camino lleno de obstáculos en el que viviría momentos de alegría, de optimismo, de superación, pero también de pesimismo, de soledad, de incertidumbre, de frustración y de sacrificios por cumplir esta meta personal.
He disfrutado mucho de estos tres años en Japón, y no estoy seguro de que haya llegado el momento de marcharme todavía, pero lo cierto es que antes de venir había imaginado una vida más perfecta. Conocer el país, y entender su cultura y sus tradiciones fueron experiencias tan positivas como esperaba, pero la adaptación al modo de vida, la complejidad del lenguaje, la circunstancia de ser un gaijin, los inviernos duros sin calefacción y, por si no fuera suficiente, la incomodidad de sufrir terremotos en Ibaraki cada dos por tres y la preocupación por encontrarme a 165 km de una central nuclear en crisis terminaron convirtiendo mi estancia en Japón casi más en una odisea que en un placer. Todas estas dificultades se llevaron mejor en compañía de mis amigos en Tsukuba y en Tokio, pero no negaré que en algún momento me planteé seriamente abandonar mis estudios y marcharme de Japón.
Estudiar un master en Japón tampoco fue tarea fácil. Aunque el entorno educativo y de investigación resulta atractivo para los estudiantes internacionales, en la práctica el sistema japonés está lejos aún de ser compatible con el inglés. Se ofrece cierto soporte, permitiendo a los alumnos extranjeros entregar los exámenes y los trabajos en inglés, pero el aprendizaje es limitado ya que la mayoría de los cursos se imparten en japonés. Me siento orgulloso de haber superado el reto, pero tengo bien claro que no lo hubiera logrado solo, sin la inestimable ayuda de mis compañeros de master y el personal del laboratorio que me echaron una mano con los enrevesados procedimientos académicos y el interminable papeleo administrativo. Escribir los trabajos, presentarse a los exámenes y aprobar los créditos correspondientes fueron el menor de los problemas.
Sin duda, la recompensa final hace que el esfuerzo haya merecido la pena. Para los que piensan que lo mejor de los sueños no es alcanzarlos sino luchar por ellos, os diré que el sentimiento de felicidad que me invade ahora que todo ha terminado no puede compararse con nada. Y en mi opinión, estos puntos de inflexión son los que luego marcan tu vida, los que hacen que al mirar al pasado te sientas satisfecho de los logros que has conseguido. En cuestión de retos personales lo importante no es sólo participar, creo que hay que llegar hasta el final.
Cumplidos estos sueños, la ilusión no desaparece. Se persiguen nuevos sueños y la vida continúa...
En mi caso, mi próximo sueño es encontrar un buen trabajo y, si es posible, volver a Vietnam.
En vísperas de cumplir cuatro años viviendo en Asia (uno en Vietnam y tres en Japón), y de cara a las próximas vacaciones de primavera, me he puesto a revisar a dónde he viajado hasta el momento y a dónde me falta por viajar.
Resulta que he puesto ya el pie en bastantes países del este y sudeste asiático, pero todavía me quedan unos cuantos más, y para llegar a poner la marca en algunos la cosa pinta complicada ya que no es sólo cuestión de recorrer la distancia. Aquí va la lista de países y un mapa. En amarillo aparecen los países que ya he visitado, en rojo los que aún no, y en negro las demás regiones del continente asiático (que quién sabe si llegaré a recorrer algún día).
Asia del Este
Japón Corea del Norte Corea del Sur Mongolia China Taiwan
Repasando esta lista de países me ha venido a la memoria esta otra lista de retos viajeros que me propuse a comienzos del año 2008, cuando acababa justo de desembarcar en Vietnam y con gran ilusión me disponía a recorrer los diferentes países de alrededor haciendo las cosas más típicas de cada lugar. Al final del año el resultado fue bastante bueno, ya que terminé cumpliendo 7 de una lista de 10 retos. En cuanto a los otros 3 restantes, a día de hoy todavía me quedan por cumplir 2, pero no me doy por vencido.
El caso es que esa lista de propósitos que escribí entonces me ha inspirado para preparar una nueva lista de retos viajeros con lo que he visto y lo que me queda por ver. Más que nada para planificar mis escapadas de ahora en adelante.
El Lejano Oriente es un mundo exótico repleto de maravillas que contemplar antes de morir. Durante estos cuatro años he intentado viajar al máximo con la intención de descubrir lugares interesantes y conocer culturas diferentes; pero parece que cuando más viaja uno, más se da cuenta de lo mucho que le queda por ver de este planeta vasto e infinito. Y así continuamos viajando y viajando hasta que el placer se convierte en adicción. Para seguir con ese ritmo, necesitamos encontrar nuevos destinos en los que vivir nuevas emociones.
Como de costumbre, cuando uno se propone visitar un destino, empieza buscando y aprendiendo lo que tiene de especial, lo que le caracteriza y le hace único. Averiguar por qué merece la pena subirse a un avión y volar horas y horas para llegar hasta allí. A la hora de confeccionar mi lista de destinos perfectamente me podría haber basado en cualquier guía de viajes, pero a fin de cuentas los argumentos suelen ser siempre algo subjetivos, a juicio del autor. Por esta razón he preferido buscar una referencia más universal y he acudido al índice de Lugares Patrimonio de la Humanidad. El objetivo de este programa de la UNESCO no es otro que catalogar, preservar y dar a conocer sitios de importancia cultural o natural excepcional para la herencia común de la humanidad, así pues ¿qué hay más importante que visitar estos lugares precisamente?
Hasta hace poco pensaba que únicamente podían obtener el título aquellos monumentos de extraordinario valor histórico y cultural, pero en realidad existen seis criterios para que un sitio pueda ser nombrado Patrimonio de la Humanidad dentro de este ámbito:
Representar una obra maestra del genio creativo humano.
Testimoniar un importante intercambio de valores humanos a lo largo de un periodo de tiempo o dentro de un área cultural del mundo, en el desarrollo de la arquitectura o tecnología, artes monumentales, urbanismo o diseño paisajístico.
Aportar un testimonio único o al menos excepcional de una tradición cultural o de una civilización existente o ya desaparecida.
Ofrecer un ejemplo eminente de un tipo de edificio, conjunto arquitectónico o tecnológico o paisaje, que ilustre una etapa significativa de la historia humana.
Ser un ejemplo eminente de una tradición de asentamiento humano, utilización del mar o de la tierra, que sea representativa de una cultura, o de la interacción humana con el medio ambiente especialmente cuando éste se vuelva vulnerable frente al impacto de cambios irreversibles.
Estar directa o tangiblemente asociado con eventos o tradiciones vivas, con ideas, o con creencias, con trabajos artísticos y literarios de destacada significación universal.
Al final, para mi lista he escogido un número de bienes de interés cultural de diferentes países del este y sudeste asiático y los he organizado en categorías. Luego, para cada uno de los sitios he marcado una cruz si lo he visitado ya, y en tal caso he colocado el enlace al post correspondiente. Sino, es que lo tengo pendiente.
Palacios imperiales
Changdeokgung, Palacio del Este de la dinastía Joseon (s. XV al XIX) en Seúl
Por último, el título de Patrimonio de la Humanidad puede ser conferido no sólo a sitios de interés cultural sino también a lugares de especial relevancia natural. Para ser incluido en la categoría de bien natural, el lugar debe satisfacer al menos uno de los siguientes criterios de selección:
Contener fenómenos naturales superlativos o áreas de excepcional belleza natural e importancia estética.
Ser uno de los ejemplos representativos de importantes etapas de la historia de la tierra, incluyendo testimonios de la vida, procesos geológicos creadores de formas geológicas o características geomórficas o fisiográficas significativas.
Ser uno de los ejemplos eminentes de procesos ecológicos y biológicos en el curso de la evolución de los ecosistemas.
Contener los hábitats naturales más representativos y más importantes para la conservación de la biodiversidad, incluyendo aquellos que contienen especies amenazadas.
En Asia encontramos un buen número de bienes naturales nombrados Patrimonio de la Humanidad , y otros tantos han sido propuestos por sus respectivos países. No en vano 4 de las 7 maravillas naturales del mundo están en el continente asiático.
En la siguiente lista incluyo 10 lugares de una excepcional naturaleza que he visitado o tengo pendiente visitar.
Isla volcánica de Jeju de gran belleza natural e importancia geológica
Corea del Sur
Monte Fuji, cono volcánico tradicionalmente recurrente en el arte japonés
Balance de retos conseguidos
Por muy descabellado que pueda parecer, mi objetivo es visitar todos los sitios que he mencionado. Eso sí, no me pongo límite de tiempo, tengo toda la vida para conseguirlo. Por el momento el balance de retos conseguidos es
25/50
Conforme vaya cumpliendo los retos marcados en la lista, iré actualizando esta entrada. Sin ir más lejos, este año 2013 espero visitar al menos 5 sitios, pero aún no adelantaré cuáles.
Estoy seguro de que los lectores más viajeros de este blog no habéis podido resistir la tentación de contar el número de retos que habéis conseguido vosotros. Si es así, os invito a compartir impresiones en los comentarios. Yo, por mi parte, después de cuatro años no esperaba que me faltasen por ver tantos lugares interesantes. Pero eso me anima a seguir viajando y a seguir escribiendo en el blog.
Asimismo, si habéis visitado algún sitio cultural o natural de Extremo Oriente que haya sido nominado a Patrimonio de la Humanidad y que penséis que deba formar parte de esta lista de retos viajeros, podéis añadirlo en los comentarios y lo discutimos.